La Coctelera

Tangadas

Tangos, textos breves y otras cosas que harán que me sonroje

Categoría: tangadas de blogspot

24 Noviembre 2005

De letras azules abandonadas. 6/5/05

Él recorría la ciudad los martes, porque los lunes descansaba. Partía temprano, de amanecida, con una americana gastada sobre unos hombros que en otros tiempos soportaron más espaldas. En sus manos, el periódico del domingo. El del lunes no lo tenía, a ver cómo. Caminaba ligero, de esquina a esquina, cruzando en diagonal los cruces imposibles de aquella ciudad exahusta. En su trotar, investigaba los buzones, los monolitos amarillos que un día, ya lejano, le marcaron la existencia.

Primero fue cartero, aunque acabaron echándolo por su extraño comportamiento. Más tarde, después de muchos años, le dieron la llave de los buzones. Antes, tenía que esperar a que llegase alguno de sus antiguos compañeros. Eso tenía su parte buena, porque podía charlar con él, ilusionado, acompañarle por los de su ruta hasta agotarla y cambiar a otra. Eso sí, hacía malabares encajando rutas y horarios. A unos les metía prisa, a otros les invitaba a cervezas con tal de hacer tiempo. Al final, el Jefe de Correos, un vejete de buen ojo y mejor corazón, le tomó juramento y lo convirtió en Inspector Honorario de Buzones, haciéndole entrega de una llave de latón que colgó a su cuello para siempre.

Llegaba a cada uno de ellos, utilizaba el llavín para abrir la puertecilla y desplegaba el periódico gastado junto a ella. Sobre él iba depositando toda la correspondencia almacenada en el vientre del barrigudo de acero. Después, uno a uno, revisaba los sobres, paquetes, fajos y legajos que acababa de rescatar. Buscaba aquellos garabatos azules. Uno a uno, devolvía los escritos a su lugar de reposo, desencantado. Al final, se erguía, echaba la llave, recogía su periódico, lo doblaba con pulcritud y retomaba su camino.

Ella escribía cada lunes. Relataba su semana en cuartillas cuadriculadas arrancadas de cuajo de un cuadernillo de espiral. Escribía con letra menuda y apretada, allí donde le pillara. Dos, tres, quince cuartillas de garabatos azules. Sin destinatario ni remite. Echaba cuartillas a los buzones como quien lanza botellas al mar, con la esperanza difusa de tener constancia algún día de la entrega del mensaje.

A veces relataba los últimos instantes previos a sentarse en la terraza de algún café vespertino y tomar el boli. En otras ocasiones, se resistía a dejarse llevar por la melancolía y la convencía para recorrer juntas recuerdos y deseos. Pero, al final, ella siempre la abandonaba. Tenía predilección por relatar sus tardes de domingo junto a sus gatos y Gardel, el viejo tocadiscos con el que recuperaba vinilos y otras cosas en desuso.

Casi siempre acababa al caer la noche, envuelta en aromas de tabaco y café gastado. Recogía sus cosas, pagaba en la barra y salía con su cuaderno en ristre. El resto, era sencillo. Caminaba sin prisa, alternando en cada paseo el buzón de destino. No había preferencias, ni premeditación. A veces el paseo era largo. Otras, tan mínimo que acababa echando los papeles en el que tenía debajo de su casa.

Un día él la vio. Aquel lunes no pudo descansar, y regresaba a su casa de anochecida. En un cruce, al otro lado, descubrió a la echadora de cartas junto al buzón, deshojando su margarita metálica. Entre el tráfico, se avalanzó hacia el buzón. Ella partía, lanzado ya el mensaje. Él, radiante de felicidad, la miró alejarse. Dudó. Quizás sólo un segundo, pero dudó. Después, se agachó. Descolgó la llave de su cuello, abrió la puertecilla y allí estaban: tres hojas recién escritas, apenas arrugadas, sobre un colchón de sobres y sellos muertos.

Ella se perdió entre la multitud.

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24 Noviembre 2005

La mañana: 4/5/05

Aquella mañana, al despertar, sintió caricias de aire helado sobre su espalda. Otra vez la ropa. Otra vez ella. Brrrr. Abrió los ojos, entre perezoso y mosqueado. Ella le daba la espalda, desnuda. Podía ver su nuca semioculta entre su cabello cobrizo. Más abajo, su cuello abría paso a una columna discreta que marcaba el descenso a los infiernos... Ella dormía. Suspiraba, a cada rato, en un ronroneo sordo demasiado parecido al de una gata satisfecha. Su botín: el edredón de plumas, arrugado contra su vientre, apelmazado sin excusas en torno a su cuerpo.

Despacio, se apretó contra su cuerpo, rescatando parte del tesoro. Como pudo, cubrió su propia espalda, alejando corrientes y otros males. A ella la abrazó, cubriendo de besos sus hombros pecosos.

Cerró los ojos; era domingo.

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24 Noviembre 2005

Dime, mi amor. 4/5/05

Al compás dormilón de nuestro tango,
con mi brazo ciñendo tu cintura,
murmurando mil frases de cariño,
entreviendo mil cielos de ventura...
yo quisiera saber si hay en tu pecho
todavia esperanza para mi;
si la ausencia y la distancia no han borrado
el amor que yo en tus ojos entrevi.
Dime, mi amor;
dime, mi amor,
si aun me quieres,
si la ausenciano mato tu querer,
si hoy, como ayer,
puedo creer.

Dime, mi amor;
dime, mi amor,
si aun prefieres mi corazón,
que hoy para ti pongo
en mi triste canción.

(Letra de Manuel Romero; música de Rodolfo Sciammarella)

En su cintura perdió las horas mi reloj, la cordura mi cabeza, mis manos su temblor. Acaso entreví o quise adivinar más de lo que nunca llegó siquiera a imaginar.

Pobre del oráculo que se adivine su futuro, triste despertar tendrá. Las frases de cariño se las comió el ambiente, ahogadas en falta de... qué digo, en discreción. Y todo, durante años, envuelto en la gasa gris de un disfraz muy efectivo. Todo, en verdad, fue ilusión.

Que ahora dicen que dije que jamás, que cuentan que nunca hubo tal ni cuál, ni ya lo habrá. Que el tiempo pasó en este momento, que la vida marcó a fuego nuestras rutas, que poco queda ya que corregir.

Y, a todo esto, ¿qué perder si nada tienes? ¿qué tienes si no tienes miedo de perderlo? ¿qué?

Quedarán por siempre los minutos eternos de baile, de alientos tan cercanos, de excusa pueril para rozarnos. O rozarla. ¿?

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24 Noviembre 2005

El loco. Original 25/04/05

Existir, pensar y solo por ella vivir
Mi realidad es su nombre y mi futuro su “si”
Por esto me condené a ser dependiente
Del color de sus ojos, que me hacen adicto.
Fue su “no” que me llevó a este lugar
Solo me dejan pensar, mi vida es este cuarto
Sin movimiento, atado, no puedo olvidar
Creen que estoy loco, por solo de ella hablar.
Ya son diez años de habitar con insensatos
Ya fueron miles de noches soñando sus ojos
Serán millones de días esperando encontrarla
Y aún mas cartas que le escribo a su mente.
Mi compañero cree ser un gato, tal vez raro
Pero es peor creer, estar seguro, que encontraste
A la mujer de tu vida, que te quiere de verdad
La que en realidad ama a otro y no te recuerda.
Se hizo todo aburrido, las ganas se esfumaron
Antes la amaba pero hoy solo la añoro
Para una noche, una noche en mi locura
Que la hará salir de su burbuja.
Mi amigo, el gato, me despierta en las noches
Ya que soñando que ella se sienta en mi cama
Las lágrimas pasan a ser ríos que coloran
De tristeza el alegre aunque sombrío manicomio.
Sé, alguna vez me dijo que no le gusta la poesía
Pero no encuentro otra inspiración mas que ella
Las palabras vuelan por si solas, aunque ya
No son las mismas de los diecisiete.
Es otro año aquí, ya olvide su rostro, sus ojos
Solo recuerdo que alguna vez la quise
Mas que a nadie, hoy vivo de los sueños
Me siento igual que los demás por ya no amar.
La salida de aquí, muy difícil, hay que probar
Que estas apto para pensar, al mundo saltar
Nunca saldré porque si es locura soñar
Estoy mas loco que nadie.

(Matías Ríos Nocetti)

El gato era negro, el tiempo pasado que se llevó las caricias contenidas, el dolor disimulado entre alborozos y jarana. Ella lo supo, sí, lo supo un día. Y no supo qué decir. O quizás sí, y calló.

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Sobre mí

¿Qué decir? Este espacio será mi desahogo. Ya, ya sé que eso no es lo que se espera de un blog, pero es lo que hay. En cuanto a mí, ¿qué necesitas saber? Que me gusta la vida, a pesar de lo perra que resulta.

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