Él recorría la ciudad los martes, porque los lunes descansaba. Partía temprano, de amanecida, con una americana gastada sobre unos hombros que en otros tiempos soportaron más espaldas. En sus manos, el periódico del domingo. El del lunes no lo tenía, a ver cómo. Caminaba ligero, de esquina a esquina, cruzando en diagonal los cruces imposibles de aquella ciudad exahusta. En su trotar, investigaba los buzones, los monolitos amarillos que un día, ya lejano, le marcaron la existencia.

Primero fue cartero, aunque acabaron echándolo por su extraño comportamiento. Más tarde, después de muchos años, le dieron la llave de los buzones. Antes, tenía que esperar a que llegase alguno de sus antiguos compañeros. Eso tenía su parte buena, porque podía charlar con él, ilusionado, acompañarle por los de su ruta hasta agotarla y cambiar a otra. Eso sí, hacía malabares encajando rutas y horarios. A unos les metía prisa, a otros les invitaba a cervezas con tal de hacer tiempo. Al final, el Jefe de Correos, un vejete de buen ojo y mejor corazón, le tomó juramento y lo convirtió en Inspector Honorario de Buzones, haciéndole entrega de una llave de latón que colgó a su cuello para siempre.

Llegaba a cada uno de ellos, utilizaba el llavín para abrir la puertecilla y desplegaba el periódico gastado junto a ella. Sobre él iba depositando toda la correspondencia almacenada en el vientre del barrigudo de acero. Después, uno a uno, revisaba los sobres, paquetes, fajos y legajos que acababa de rescatar. Buscaba aquellos garabatos azules. Uno a uno, devolvía los escritos a su lugar de reposo, desencantado. Al final, se erguía, echaba la llave, recogía su periódico, lo doblaba con pulcritud y retomaba su camino.

Ella escribía cada lunes. Relataba su semana en cuartillas cuadriculadas arrancadas de cuajo de un cuadernillo de espiral. Escribía con letra menuda y apretada, allí donde le pillara. Dos, tres, quince cuartillas de garabatos azules. Sin destinatario ni remite. Echaba cuartillas a los buzones como quien lanza botellas al mar, con la esperanza difusa de tener constancia algún día de la entrega del mensaje.

A veces relataba los últimos instantes previos a sentarse en la terraza de algún café vespertino y tomar el boli. En otras ocasiones, se resistía a dejarse llevar por la melancolía y la convencía para recorrer juntas recuerdos y deseos. Pero, al final, ella siempre la abandonaba. Tenía predilección por relatar sus tardes de domingo junto a sus gatos y Gardel, el viejo tocadiscos con el que recuperaba vinilos y otras cosas en desuso.

Casi siempre acababa al caer la noche, envuelta en aromas de tabaco y café gastado. Recogía sus cosas, pagaba en la barra y salía con su cuaderno en ristre. El resto, era sencillo. Caminaba sin prisa, alternando en cada paseo el buzón de destino. No había preferencias, ni premeditación. A veces el paseo era largo. Otras, tan mínimo que acababa echando los papeles en el que tenía debajo de su casa.

Un día él la vio. Aquel lunes no pudo descansar, y regresaba a su casa de anochecida. En un cruce, al otro lado, descubrió a la echadora de cartas junto al buzón, deshojando su margarita metálica. Entre el tráfico, se avalanzó hacia el buzón. Ella partía, lanzado ya el mensaje. Él, radiante de felicidad, la miró alejarse. Dudó. Quizás sólo un segundo, pero dudó. Después, se agachó. Descolgó la llave de su cuello, abrió la puertecilla y allí estaban: tres hojas recién escritas, apenas arrugadas, sobre un colchón de sobres y sellos muertos.

Ella se perdió entre la multitud.