Arístides Montoya
Conocí a Arístides Montoya hace muchos años, quizás una década o más. Por aquel entonces ni yo era yo ni él se acercaba a la figura que el paso del tiempo le tenía reservada.
En aquella época, Montoya arreaba con desgana un percherón caduco que arrastraba, más desganado aún, un carromato remendado en el que acumulaba sus bártulos. Repartía música y venturas por los lugares que encontraba en su camino, manteniendo una vida nómada y solitaria. A lo largo de los años acumuló soledades y cicatrices casi a partes iguales, encerrado sin carcelero en aquella región del mundo miserable y única.
De la noche en que nos conocimos recuerdo que el pueblo estaba en fiestas. Era un pueblo en retirada, resto de mejores épocas y con un futuro echado a suertes contra cuatro tahúres. Alguien le encargó tocar y cantar en el baile. El mismo alguien que más tarde, borracho, lo insultó gravemente. Quizás las cosas podrían haber sido de otro modo, pero aquella noche no hubo sangre. Montoya era un tipo prudente, de los que saben atarse la lengua al cinturón si llega el caso. Quizás esperando mejor ocasión... Al marcharse, se dirigió a mí:
- Dígale a su amigo... que algunas aves no están hechas para jaulas de oro...
Y se marchó, mientras yo sostenía al borracho. Estuve por protestar, por aclarar que aquel tipo no era amigo, sino conocido por trabajo. El mismo tipo que al día siguiente se casó con la mujer más hermosa que yo hubiera conocido hasta entonces; la misma mujer que murió dos años después, de puro desconsuelo. Pero esa es otra historia...
Permanecí algunas semanas por la región, aprovechando mi estancia para recorrer otros pueblos y haciendas. Era verano, tiempo de fiestas, y coincidí con el carromato de Montoya en varias plazas. Descubrí que preparaba filtros, que daba esperanzas y mejoraba vidas con buenas palabras. No fue hasta el tercer o cuarto encuentro en el que decidí acercarme a su puesto de mejunjes.
De lo hablado allí, poco puedo mencionar. Tan sólo diré que la charla se extendió por largas horas, continuó alrededor de unos vasos de vino y dio origen a una amistad larga y serena, la única en la que continúo llamando de usted a un amigo. A esa jornada le siguieron otras cuantas, durante las cuales empecé apenas a vislumbrar el alcance de la figura de Montoya entre aquellas gentes. Poco tiempo después regresé a España, pero desde entonces sé que cuento con un buen amigo tras mares y montañas.
Hoy recibí un paquetito. Una caja pequeña, poco mayor que una cajetilla de tabaco, envuelta en papel de estraza muy gastado. En su interior encontré una nota y dos frascos, ambos oscuros, pero uno de contenido denso y el otro casi etéreo. La nota era suya:
Querido Juan:
El fracaso es un cimiento más fuerte que el acero para la victoria futura. La paciencia, un mal necesario en nuestras vidas. La voluntad, un barro maleable si se humedece del modo adecuado.
Aunque siempre descreyó de mis saberes y rechazó mi ayuda, llegaron noticias a mi casa de su fracaso y melancolía. Usted, ya lo sabrá, sigue siendo recordado con mucho cariño por estas tierras y son muchos los que nos cuentan sus aconteceres.
Acepte estas dos pequeñas muestras de amistad. Una someterá el juicio más sabio, recto y firme a todos sus deseos. La otra lo liberará de ese sueño, sin recuerdo de lo soñado. Úselas como usted suele hacer: con inteligencia, valentía y respeto.
Arístides Montoya.
Quizás, extrañamente, no todo esté perdido.



milagobios dijo
Preciosa historia, muy bien contada.
Me recuerda un poco a la forma de escribir de Gabriel García Márquez.
Aquí hay futuro.
No decaigas y sigue creando mundos y personajes.
14 Mayo 2008 | 12:09 AM